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1 de julio de 2017

Hoy necesitaba hablar de ti

      Hoy necesitaba hablar de ti. Me planté tras el miedo del folio en blanco después de meses sin que la necesidad de plasmar palabras en papel me envolviera. Hoy la cabeza me daba vueltas mientras trataba de ordenar aquello que ni tú sabes ordenar. Porque apareciste sin darme cuenta, yo no te busqué, y llenaste cada rincón de oscuridad con un hilo de luz que no sabías que llevabas contigo.        
      Hoy necesitaba hablar de ti. De esa facilidad con la que te hiciste a ti misma. Con el miedo y la calma de quien le llega la madurez casi como un golpe de martillo: Un golpe que esperas, para el que te preparas, clavas los pies en el suelo porque sabes que va a doler, pero que no consigues evitar que deje vibrando cada músculo del cuerpo. 
      Hoy necesitaba hablar de ti. De tu sonrisa infinita, de las arrugas que se marcan bajo tu nariz cuando lo haces, del miedo que alguien siente cuando se vacía y desaparece. Necesitaba hablar de dos besos, y de tres, y de cuatro. De los que vengan. 
      Hoy necesitaba hacerlo. Necesitaba hablar de ti. Parecía sencillo pero los nervios con los que mostrabas tus sentimientos hacían que quisiese darle la vuelta a todo. ¡Tan cerca de mostrarte y tan lejos de esconderte! Los silencios hablaron, fueron dignos ayudantes de las palabras que se pierden antes de ser pronunciadas. Porque solamente los locos que creen que pueden cambiar el mundo lo consiguen. Y tú siempre te has creído capaz de hacerlo. Yo sólo me limité a escucharte, a soñar contigo cada proyecto, a experimentar con cada vivencia pasada y, por supuesto, futura. 
      Hoy necesitaba hablar de ti. De tu forma de saber que desde que naces se te va la vida. Que cada día puede ser el último para afrontarlo con energía. Que ser feliz puede no ser más que dejar de preocuparte, que la exigencia hacia uno mismo hay veces que es mejor dejarlas de la puerta de la calle para afuera. Y si te persigue, correremos juntos de ella. Para algo te conocí, te dije “guapa”, pensé que te sentaban muy bien las gafas, y te escuché todas esas cosas que necesitabas soltar simplemente pensando cómo es que no te conocí antes. 
      Hoy necesitaba hablar de ti. Y se me venía a la mente una frase que leí hace apenas un par de días: “Hazlo. Y si te da miedo, hazlo con miedo.” Pero bueno, ¿me vas a hacer caso a mí? 
      Es posible que algunas personas, si es que alguna persona llega a leer esto, piense que este texto no tiene sentido. Que no he hecho más que crear un alter ego que escribe sobre mí mismo. Pero no es cierto. Sabes que no soy tan hipócrita como para escribir cosas que no entiendo. Sabes que me cuesta escribir de ti, porque el día que alguien vea lo que yo estoy viendo, quizás estés demasiado lejos. O puede que no, quizás sigas aquí a mi lado. De hecho, voy a pensar mejor eso. Para algo soy quien escribe. 
      Puede que antes de terminar de escribir salga del documento sin siquiera guardarlo, pero sería injusto. No injusto conmigo, ni contigo. Injusto con mis palabras, porque hoy no necesitaba escribir sobre ti. Hoy necesitaba hablar de ti, y nunca me gustó hablar solo.

19 de abril de 2015

Como un pequeño cristal azulado

Esa esquiva y traicionera necesidad, ese quebranto amargo. La que necesitas y te reconforta en los malos momentos. La que te ayuda a liberarte en los buenos. La que aparece como un suspiro fugaz y, decide si viene para quedarse, o si por el contrario, no perdura más de un segundo. Ella.
Cuántas veces llamada y cuántas veces oculta. La que te deja eufórico, exultante, alegre, altivo. La que te vuelve pasivo e inmóvil. La que te hacer sentir inerte. La que te despoja de aquello que tienes y te otorga lo que quieres conseguir. La que lo hace posible todo. Ella.
La que está al alcance de tu mano. La que, en la lucha ante el vacío, es tu aliada. La que me huye o la que sabe que, a veces, me empeño en huirle yo. La que no lucha por encontrarme cuando me escondo y la que me busca en los momentos en los que sabe que no puedo alcanzarla. Ella.
Apareció sin buscarla, como si un pincel la dibujase ante mis ojos una cálida tarde primaveral. Dibujada de inocencia y con el brillo del aire y el agua. Sintiéndola parte de mí. Eligiéndome como elige a los niños y a los no tan niños.  Ella.
Gracias a quién apareció regalando sinceridad e ilusión. Instándonos a buscar el otro lado de nuestra propia sensibilidad. Con la ilusión de quién ama todo lo que hace y con la seguridad del que sabe que ha peleado para conseguir lo que tiene. Como si de una de las fotos a Trajano se tratase. Como si viese el caracol en la distancia del objetivo, apareció con una bolsa repleta de juegos e ilusiones. Y dentro, ella.

La que me adoptó cuando la rocé con mis dedos. La que sentí mía desde el primer segundo. Mi inspiración. La que me regaló Edith. La que vino una cálida tarde primaveral. La que llegó con la apariencia física de un pequeño cristal azulado. 


  “Cuando uno escribe para satisfacer la inspiración interior del alma, uno da a conocer por lo escrito, aun sin quererlo, hasta la más mínima fibra de su ser y de su pensamiento” 
 Germaine De Staël (escritora e intelectual francesa)

9 de febrero de 2015

Mi futuro



    -          Te he dicho que no quiero que vengas – dijo Bea violentamente.
    -          
    -        Claro que de verdad. No – alargó la o en señal de que se le acababa la paciencia No voy a morirme de hambre. Es una mala racha simplemente. 
    -         
    -         No me llames Beatriz, que sabes que lo odio.
    -          
   -       Mamá, voy a colgar. No quiero que vengas. No quiero que te preocupes. Hace ya mucho que os dije que era autosuficiente. Que era yo quien iba a controlar mi futuro. Que no os necesitaba. ¡Dejadme en paz!

Bea colgó el teléfono y respiró con dificultad. Se había alterado demasiado y necesitaba sentarse. El asma cada vez le afectaba más, y ya incluso le costaba respirar cuando subía las escaleras hasta su casa.  

Anduvo despacio hasta el baño y se miró al espejo. Diez años hacía que se había quitado los piercings y aun así, se le seguían notando. La señal de la nariz era casi imperceptible, pero la ceja y el labio permanecían cortados a pesar del tiempo que había pasado.

Echaba de menos sus piercing. Le gustaba llevarlos, pero cuando se independizó pensó que para encontrar trabajo serían una traba, y tuvo que dejarlos como parte de su historia.

Consultó su reloj y se aseguró de que aún le faltaban cinco minutos para que llegara Tamara. Tenía ganas de verla. Hacía meses que no estaba en la ciudad, y tenían muchas cosas de las que hablar. Ella había sido su apoyo durante mucho tiempo y ahora la necesitaba también.

Volvió a mirarse al espejo. Se peinó un poco. Se despeinó. Volvió a intentar arreglarlo con las manos y, después de suspirar una y mil veces, se hizo un moño.

Buscó durante más de cinco minutos las llaves del piso. Le preguntó a sus dos compañeras, y después de desesperarse, acabó por decirle a Tamara que las había extraviado y que subiese a ayudarle a buscarlas.

     -          Eres un desastre – dijo Tamara. Las llaves tintineaban en su mano cuando cruzaba la puerta de la entrada.
     -          ¿Dónde estaban? – contestó Bea.
     -          Puestas, cariño mío. Si es que cualquier día entran en tu casa y te roban.
     -        Uff – se desplomó en una de las sillas de la entrada – Si es que últimamente tengo demasiado estrés, Tam.
    -          Ya te veo – ambas amigas se abrazaron cariñosamente - ¿Bajamos a bebernos una cerveza y me cuentas bien? 
     -      Sí, va a ser lo mejor – Bea se acercó a su dormitorio y cogió el bolso – Te voy a llevar a la cervecería nueva de la calle Relator. Ya verás cómo te gusta. Además, luego tengo que ir a un sitio por allí cerca, y la cervecita me va a venir bien.

      Bea y Tamara salieron de casa. Fueron de camino hasta el bar hablando de antiguos proyectos y de historias pasadas.

     -          ¿Qué pasó con Gonzalo, Tam?
     -         ¿Gonzalo? No me hables de él, porque ya bastante traumatizada me dejó – dijo secamente Tamara. Sacó unas gafas de sol del bolso y se las colocó en la cara.
    -      ¿Qué es lo que te pasó con él? Si me acuerdo que la última vez que hablamos os estabais conociendo y te encantaba – cuestionó Bea intrigada.   
      -          Sí. Me encantaba – remarcó gravemente la terminación del verbo.
      -          Entonces, ¿qué pasó?

      Tamara agachó la cabeza y miró de soslayo a su amiga. Después de todo lo que habían compartido, este tipo de cosas le daba mucho reparo contarlas. Aunque fuese siempre con la fachada de dura y alternativa, con sus  camisetas anchas y sus pantalones cagaos, hacía tiempo que pensaba que el problema podía tenerlo ella. Aun así, delante de su amiga, volvió a sacar la máscara y tiró de ingenio y espontaneidad.  

     -          Que era gatilleitor, tía – Sonreía mientras miraba hacia arriba, aparentemente distraída.
     -          ¿Cómo? – preguntó Bea extrañada.
     -          Gatilleitor. Que el cucú no le funcionaba bien. Que el reloj siempre le marcaba las seis y media. 
     -          
     -          ¡Que no se le levantaba, joder! 

       Bea se desternillaba con la historia de su amiga.

     -          Yo no le veo la gracia, bonita. Que fue un palo muy gordo.
     -          Es que, no me lo esperaba, Tam. Tienes mucho arte contándolo –dijo Bea. Señaló a una de las mesas de los veladores que tenían en frente - ¿Te parece bien ahí?
     -          Claro que sí, perfecto.

      Ambas amigas se sentaron y pidieron dos cañas. Bea sacó un cigarrillo electrónico y dejó el bolso sobre la mesa.

    -          ¿Todavía usas eso? – preguntó Tamara – Yo pensaba que ya no los había. Que la modita del año pasado ya se había perdido.
    -          No es moda. A mí la verdad es que me ha hecho dejar el tabaco normal. El único problema es que ahora no hay quien los encuentre. Todas las tiendas que se montaron hace unos meses, están cerradas.
    -          Bueno, pero si ya tienes el tuyo, ¿para qué quieres más?
    -        Tam, parece que no me conoces. Que soy muy desastre. Que me fumo el cigarrillo electrónico, y de la costumbre de toda la vida, cuando acabo, en vez de guardarlo, lo tiro y lo piso – rió al contarlo – Ya he roto tres.
    -          No me lo creo, Bea – negó Tamara.
    -          De verdad, tía. Te lo prometo.

       El camarero se acercó y les puso las dos cervezas y unas aceitunas. Alzando el vaso fino, Tamara tomó la palabra.

    -          Bueno, a parte de las tonterías, ¿me vas a contar ya eso que era tan importante?
    -          Sí, tía. Necesito hablarlo con alguien. La verdad es que estoy un poco agobiada.
    -          ¿Qué ha pasado? – se interesó Tamara.
    -          Que me han echado del curro – contestó resignada Bea.
    -          ¿Qué te han echado? ¿Pero tú no estabas fija?
    -      Indefinida discontinua, para ser exactos. Pero claro, con la ley nueva del gobierno, lo tienen tan fácil como decir que no hay horas de trabajo suficientes para todos y que tienen que reducir personal.
    -          ¿En serio? Pero, ¿no te pagan nada? ¡Eso no puede ser!
       -     Sí que puede ser – dijo Bea con una sonrisa irónica – La cosa es que juegan con el hecho de que al ser discontinuos los contratos, pueden dejarte un tiempo parado. Y si pides indemnización, te pagan la basura que te corresponda, y ya te aseguras que no te llaman más. 
    -          Ahhh. ¿Y tú esperas que te vuelvan a llamar?
    -          La verdad es que no. Si acaso para el verano. Pero yo, de todas formas he pedido que me paguen. No quiero sus limosnas después.
    -          Si tú crees que es lo mejor – se recostó en el respaldo de la silla y bebió un sorbo de cerveza.

        Bea cogió un par de aceitunas y se las metió en la boca. Después de unos segundos mirando a las palomas que deambulan por los alrededores del bar, se sacó un hueso de la boca y se lo tiró a uno de los pájaros.

    -          ¡Uy, casi le doy!
    -          ¡Bea! – Tamara bajó la voz - ¿Tú no sabes que las palomas están protegidas? No se pueden tocar ni hacerles nada.
    -          ¿Que qué? – dijo su amiga.
    -          Que no se les puede hacer daño. Que vienen los de Greenpeace y te meten un puro que no veas.
    -          ¡Venga ya! ¿Eso cómo va a ser? – Bea bebió de su cerveza y tiró otra aceituna.
    -          Que sí, tia. De verdad. Lo leí el otro día en una noticia en el móvil – Tamara sacó su teléfono y se puso a teclear buscando la información.
    -          Pues vaya locura. Eso no tiene ningún sentido. Que se preocupen en dar trabajo a los jóvenes y se dejen de normas estúpidas. Yo no voy a matar una paloma, pero que no pueda ni tocarla, me parece absurdo.
    -          Ya, pero es lo que hay – dijo Tamara – ante eso solo podemos resignarnos.

       Bea estaba harta de resignarse. Toda la vida dentro de una familia aparentemente perfecta. Hija de médicos y hermana de médicos. La menor de una casa en la que todo sonaba a Cirugía y Radiología. Ella tenía claro que esa no era su vida. Que quería luchar por algo distinto. Y que su resignación tenía como fecha de caducidad el día que cumpliese los dieciocho años.

      Salió de su ciudad en busca de una carrera de letras con el objetivo de ser autosuficiente. Por desgracia, los primeros años tuvo que resignarse a compaginar sus estudios con un trabajo precario, ya que su “familia” superaba los umbrales máximos de patrimonio para optar a beca.

      Consiguió superar esa etapa, y al acabar los estudios, la realidad volvió a darle otra bofetada. ¿Trabajo? ¿De lo suyo? Eso no había sido más que un sueño para Bea. Se tuvo que conformar con un trabajo que no le aportaba más que el sustento para sobrevivir, pero cuya satisfacción personal era nula.

       Y aun así, cuando parecía que se asentaba un poco, le pasaba esto. Estaba harta de la sociedad. Harta de todo y de todos.

    -          ¿Sabes lo que hay que hacer? – Bea levantó el brazo y le indicó al camarero que pusiese otras dos cervezas.
    -          ¿Lo que hay que hacer de qué? ¿En qué sentido?
    -          Para arreglar las cosas. Para que se enteren los que han creado este jodido sistema corrupto de que todos somos capaces de aprovecharnos de él.
    -          ¿Qué hay que hacer? – dijo Tamara. La preocupación era palpable en su cara.
    -          Voy a atracar un banco.
    -          Estás de broma.
    -          ¿Tú crees? – señaló hacia su bolso, que estaba encima de la mesa - ¡Ábrelo!

       Tamara cogió el bolso y lo puso sobre sus piernas. Lo abrió y volvió a cerrarlo con cara de miedo.

    -          ¡Llevas una pistola! – dijo alarmada - ¡Estás loca!
    -          No estoy loca. Voy a hacer lo que tenía que haber hecho hace ya tiempo.
    -          Pero, ¿por qué?
    -          Pues, porque estoy harta. Harta de este sistema, de la crisis y de que se aprovechen de ella – bebió de un sorbo la caña que le había puesto el camarero – Lo tengo todo pensado.
    -          Estás consiguiendo asustarme de verdad – dijo azorada.
    -          Voy a irme a una sucursal de un banco. A un BBVA, para ser exactos, y así acojono un poquito a los vascos – Bea se reía a la vez que lo decía.
    -          No puedo creérmelo – Tamara giraba la cabeza a un lado y a otro.
    -          Pues créetelo. Voy a entrar y voy a pedir, sin hacer daño a nadie por supuesto, que me den todo el dinero. Voy a hacer el paripé un rato mientras llega la policía. Me resistiré hasta que se impacienten y entren. Que me cojan. Me da igual. Eso es lo que quiero.
    -          ¿Cómo? – preguntó su amiga - ¿Qué te cojan? Eso sí que no lo entiendo.
   -       Que me cojan. Que me metan un juicio. Un periodo cortito en la cárcel, un añito o dos, viviendo como una reina en una penitenciaría de estas para mujeres. Hago un cursito dentro, y al salir, tengo un título, la crisis va ya de paso y tengo la ayuda a los ex penitenciarios de 450€ durante año y medio. ¡Es un chollazo!

          Tamara no podía dejar de mirar a su amiga y negar con la cabeza. Se le había ido de las manos. ¿De dónde podía sacar una idea así? Tamara no se lo explicaba. Solo podía repetir una y otra vez:

    -          ¡Estás loca! ¡Tú no sabes lo que haces! ¡Estás loca!
    -          No estoy loca. No lo digas más – dijo Bea. Su enfado era ostensible – Me niego a que controlen mi futuro. Yo soy la dueña de mi vida. Cuando la tiranía es ley, la revolución es orden. Y yo voy a hacer mi revolución.
    -          Eso no es una revolución. Eso es una ida de olla.
    -          ¿Sí? Pues paga tú, guapa.

         Bea se levantó y salió andando decididamente. Tamara se quedó boquiabierta. Sin saber si debía correr tras su amiga o dejarla que ella misma se diese cuenta que lo que iba a hacer no tenía sentido alguno.

       Bea sin embargo, lo tenía claro. Sabía dónde debía dirigirse y que era el momento para ello. Sacó el Ventolín del bolso y realizó dos respiraciones profundas. El corazón le golpeaba violentamente en el pecho. Cruzó una esquina y vio el cartel enorme de letras blancas sobre fondo azul.

      Antes de cruzar la calle, no pudo evitar sacar el cigarrillo electrónico y darle dos caladas. Después de hacerlo, lo tiró y lo pisó. Al escuchar el cristal partirse, pensó para sí: “¡Joder! ¡Otra vez!”  Atravesó la calle y cruzó la puerta de cristal:

    -          ¡Todo el mundo al suelo! ¡Qué nadie se mueva! – sacó la pistola y apuntó a uno de los funcionarios - ¡Esto es un atraco!

15 de diciembre de 2014

Vestido para salir

Madurar. Ella se dio cuenta que debía madurar el año que sus padres le dijeron que de sus bolsillos no podía salir ni un euro más. Con una Carrera Universitaria, un Master privado y acabando el  Doctorado en Bioquímica, eso de vivir a costa de papá y mamá se hizo harto complicado. Recuerdo que ese año, lo vivimos como si fuese el último.

Comíamos juntos casi todos los días, dormíamos en mi piso cuatro veces por semana, nos saltábamos las clases para irnos a pasear al centro y, planeábamos días de biblioteca que acababan en jornadas intensivas de cama. Debíamos exprimir el trocito de limón que nos quedaba.

Cuando me lo contó, no dejó que las lágrimas saliesen de mis ojos. Ella, con su madurez innata y el corazón encogido, me repitió una y otra vez que no había por qué preocuparse, que todo saldría bien.

Y ese año, así fue. Todo salía bien. Fuimos al parque, al teatro, al estadio de fútbol. El plan era perfecto si nos sentábamos en la plaza de San Lorenzo con un simple paquete de pipas como forma de pasar el tiempo, o nos premiábamos con un homenaje culinario en la Calle Eslava.  Feria o Semana Santa, daba igual lo que fuese. Como única condición, estar juntos.

Recuerdo también que ese año ella no paraba de leer.

-          Acabo de terminar “Soldados de Salamina”. Deberías leerlo.

Yo le contesté que las novelas históricas me aburrían.

-          Pues léete “El Club de la Lucha”. Es cortita y además va de tíos dándose ostias por la noche. Es la anterior que leí. Yo creo que te puede gustar. Es entretenida.
     -          No sé, Alejandra. Tampoco me llama mucho la atención.
     -          Si no, pues coge “El Retrato de Dorian Gray”. Es la que he comprado esta mañana. Un buen
clásico siempre es agradable.

Cada día ella tenía una buena excusa para coger un libro y para intentar que yo leyese. Cualquier momento era bueno. En el metro, como pócima contra el aburrimiento. En los descansos de clase, porque prefería quedarse dentro que verme fumar en la puerta. En invierno, porque hacía demasiado frío para salir. En verano, demasiado calor. A mí me gustaba que me leyese ella. Cuando lo hacía en voz alta para mí, era como si se parase el tiempo. Tú lo sabes porque te pasa igual que a mí.

También fuimos mucho al cine. Bueno, en realidad ella quería ir mucho al cine. Siempre había alguna película que le llamase la atención. Pero, es que eran las más aburridas. Yo intentaba evitarlo y proponía cualquier plan para no ir.

     -          Con el día tan bonito que hace, ¿nos vamos a meter en el cine?

Y como esa, cualquier excusa.

-          Vamos un miércoles, que es más barato. No, mejor el jueves, que es el día de la pareja, y regalan las palomitas.

Al final, se le acababa olvidando lo del cine, o hacía como que se le olvidaba para no discutir conmigo. Después, me confesó que hubiese dado lo que fuese por cualquiera de esas tardes perdidas.
No puedo olvidar que siempre le parecía poco el tiempo que pasábamos juntos. Aun así, me decía que estuviese tranquilo ¿Cómo podía estar tan segura de todo?

-          No te vayas. Seguro que aquí encuentras algo.
     -     ¿Sí? ¿Cuándo? No seas tonto. Todo va a salir bien. Sabes que siempre tengo razón.

Y casi siempre tenía razón. Si discutíamos por una fecha, al comprobarlo, era cierto lo que ella decía. Que era un nombre el que nos hacía entrar en disputa. Al final, llevaba razón. Daba igual lo que discutiésemos, terminaba demostrándome que estaba equivocado.

-          ¿Te acuerdas que me dijiste que Madrid está a 600 kilómetros?
     -          Sí, claro.
     -          Pues lo estuve mirando anoche y hay menos de 500. ¿Lo ves?
     -          Aun así, está demasiado lejos.

¿Y qué? ¿No era lejos para nosotros? Lo era, pues pasábamos horas y horas pegados el uno al otro. Todas, menos cuando había que salir, ahí siempre llegaba tarde. Me llevaba las noches abajo en el coche mirando su reflejo a través de la cortina, o apoyado en el marco de la puerta del baño mientras se pintaba. No puedo olvidar el olor de su perfume. Desde entonces se convirtió en mi fragancia favorita. ¿No lo hueles ahora tú también?

Y cuando llegaba tarde, le gustaba hacerme la broma de que si utilizase el tiempo de esperarla en escribir, habría hecho una novela mejor que la de Groucho Marx. Yo refunfuñaba mientras me sacaba la lengua a través del espejo. Que pereza me daba ponerme a escribir ya vestido para salir.


Aquella tarde en la que tuve que mirarla a través del cristal del autobús, no hacía más que decirme que estuviese tranquilo. Que todo saldría bien. Que dónde iba a encontrar ella alguien que aguantase lo que yo aguantaba y donde iba a encontrar yo una mujer como ella. Que era como ese caramelo que tenía en las manos y se te escapaba de entre los dedos antes de poder disfrutarlo. Que volvería para que todo saliese bien.

Y llevaba razón. Desde el día en que supo que debería cambiar las cosas, buscó la manera de hacerme feliz e intentar encontrar un trabajo que le diese la solvencia suficiente para vivir y volver después. Siempre me decía que le frustraba el inconformismo que había tenido con las cosas que eran buenas y, por otro lado, el conformismo que tenía con las que en realidad no lo eran tanto. Yo no la entendí la primera vez que me lo dijo.

-          Es fácil. Siempre con nuestra relación he sido inconformista, y ahora que se complican las cosas, veo que es lo mejor que tengo. Sin embargo, el buscar un trabajo, que en realidad era algo que necesitaba, lo he dejado pasar. Y ahora, no tengo más remedio que irme. Pero no te preocupes, cuando vuelva, seguiremos juntos.


Después de aquello, después de que su mano me dijese adiós mientras se alejaba, llegó el tiempo que no queríamos. El calendario pasaba lento. Las horas, los días, las semanas, los meses, y por desgracia, los años. Yo aquí solo. Ella allí, sola.

Y cuando se fue, también llevaba razón. Volvió. Con trabajo, con ganas de luchar y con ganas de verme. Eso último, eso sí que tenía mérito. Año y medio después naciste tú, Daniela.

Y ahora, pensarás que por qué te cuento esto. Que qué te importa a ti lo que yo te diga si lo que quieres es que te saque del corralito y te coja en brazos. Y es que te lo cuento porque mamá, como siempre, llega tarde y a mí me da mucha pereza ponerme a escribir.


(Relato realizado para el Taller de Prosa de Ficción)

4 de septiembre de 2014

Medio limón (1x01)

Caminaba tranquilo. No tenía prisa ni nadie esperándome al final del camino. Se podría decir que casi deambulaba por un lugar más que conocido. Era una ruta que había repetido con ella un millón de veces, y alguna que otra más en mi propia imaginación.
En ese momento, a la vez que entraba en aquel parque y dejaba la fuente a la izquierda, pensé en la primera vez que pasamos juntos.

Recuerdo que ella se sonrojó al sentir como entrelazaba mis dedos con los suyos. Era la primera vez que lo hacía, y sé que notó como me temblaba el pulso. Aun así, me sonrió y apretó mi mano.
No puedo negar que iba preciosa. Su pelo ondulado caía sobre sus hombros con una elegancia infinita. Cada paso con sus tacones  creaba una melodía perfecta, y sus pequeños ojos grises brillaban con la seguridad de la persona que se siente valorada y querida. Se podría decir que ese día el aire casi le tenía que pedir permiso para rozarle. O al menos, a mí me lo parecía.
El día había transcurrido de manera perfecta. Risas, besos, sonrisas, y más de una mirada de entendimiento y sorpresa por aquello que estaba naciendo y que tanto miedo nos otorgaba.
Y es que, como diría ese coplero gaditano: “para ser un hombre perfecto basta con ser distinto al resto.” Y eso justo es lo que encontramos. Esa  diferencia con respecto a los demás que le daba el punto especial a nuestra cercanía. Yo ya sabía desde hacía mucho tiempo que no existían las medias naranjas. Pero el día que me di cuenta que yo no era más que un medio limón, fue mucho más fácil. Y ella lo entendió. Desde el primer momento lo entendió…

Casi me salgo del parque y giro a la izquierda. Me impregno de los olores a jazmín que inundan el aire y recuerdo que su alergia no le permitía pasar por aquí en esta época del año. ¡Qué lástima! Con lo bonitos que se ven los árboles reflejados en los charcos como si fuesen cristales que nos regala Dios.
Y es que es verdad que ese día fue mágico. Como tantos otros en aquellos meses. Disfrutábamos cada momento como si fuese el último. En ese callejón del Aire parecía que el tiempo se detenía. Aprovechábamos y saboreábamos cada instante. Porque, siendo sinceros, ¡Qué bonito es el placer y el nerviosismo de conocerla! Esas ganas y esa facilidad de ser feliz sólo con tenerla cerca. Sentir que no necesitas nada más que no hablar de nada. Simplemente caminar junto a ella o estar recostado sobre su pecho mientras, con sus dedos,  acaricia tu pelo.

“Eso es precioso” me digo mientras divago por los callejones mirando al cielo. Las estrellas se ven relucientes ante el roce de los balcones. Veo como se acercan un grupo de turistas de ojos rasgados y un guía que bien podría estar en proceso de sacarse el B1 demuestra que esta ruta no era únicamente nuestro secreto.
Qué pena da que esa ilusión del principio se vaya perdiendo. Es frustrante dejar de sentir ese nervio del simple roce o la más mínima de las primeras caricias.
Supongo que eso es lo que nos pasó. Nos acostumbramos a dejar que las cosas sucediesen. Dejamos de darle valor a los pequeños detalles y olvidamos que el truco se encuentra en enamorarse cada día. Me acuerdo el día que me regaló las letras con su nombre. Tres simples chapas robadas de un expositor que nos hicieron correr y reír juntos. ¡Y qué bien sonaban de su boca aquellas letras al juntarlas! Ese acento tan característico que tenía hacía que me quedase embobado solo con oírla.
Que fallo cometimos cuando dejamos de darle importancia a esas cosas. Nos dejamos llevar, y ese fue nuestro error. Por eso me encuentro aquí, hablando solo por estas calles, con su imagen en la cabeza y recordando momentos que no hacen más que hundir un poco más el dolor en el pecho. ¡Si es que parece que la estoy viendo!
Es verdad que la magnitud y la pasión desenfrenada del principio se van perdiendo y que la emoción cambia. Pero, ¿no es bonito quizás reconocer cada centímetro de su piel? ¿O mirarla y saber lo que está pensando? ¿No es bonito besar unos labios sabiendo que son los únicos que quieres besar? ¿Y cruzar la mirada y saber lo que pensáis sin necesidad de hablar? Se ve que no lo es tanto…

Esto me supera y debo pararme. Creo que voy  a sentarme en el banco de siempre. Meto la cara entre mis manos, y lloro.


31 de julio de 2014

A su bola

Camisetas despintadas, vaqueros gastados y un agujero en la punta de cada zapato. Rondan la treintena, y el pelo cubre sus caras desde hace semanas. Es obvio que no son familia, pero por la apariencia que tienen y la forma en la que hablan, bien podría decirse que acaban de salir de cualquier callejón de Los Banderilleros. Algunas familias pasan por su lado y los miran con un gesto entre desprecio y miedo. Ellos, como les gusta decir: “a su bola, que digan y piensen lo que quieran”
Sevilla. Alameda de Hércules. Dos menos cuarto de la madrugada. La plaza abarrotada, un banco, unos litros, y una conversación.
       ¡Qué estupidez eso de yo soy feliz si tú eres feliz! – dice mientras quita el papel de Cruzcampo que cubre la botella.
-          ¡Ojú! ¿Ya estás con las reflexiones de amargao? En serio, ¿por qué te ha dao ahora por ahí? – agarra la botella que le devuelve su compañero
-           No tío. No son reflexiones de amargao. Es que ayer vi como un chaval le decía eso a la parienta y yo creo que eso es una absoluta gilipollez.
-          – ¿Una gilipollez por qué? Si tú quieres a una tía y la ves feliz, pues eso te hace a ti estar bien. Es lógico, ¿no? – se sienta en el respaldo a la vez que pronuncia estas palabras.
-          – Pues yo creo que no. Sí tú quieres a una jipa y la vez feliz, tú lo que quieres es que lo sea aún más. Porque, aunque tú estés bien cuando a ella la ves bien, lo que realmente te gusta es ser tú el motivo de su felicidad. En el fondo somos todos unos putos egoístas. Eso de “yo soy feliz si tú eres feliz” es una patraña. Yo soy feliz si consigo hacerte feliz – un profundo trago a la cerveza acompaña el final de sus palabras.
-         – Hombre, visto así... – levanta los hombros a la vez que aprieta los labios.
-         – En serio, tío. Si tú la quieres, demuéstraselo. Búscala, sorpréndela y enamórala. Disfruta de la vida, que dura un rato y haz lo que te nazca hacer sin dejarlo para otro día. El mundo está lleno de resentías con su pareja que consideran que no les da lo que se merecen y de mongolos que no supieron cuidar lo que tenían y se aburrieron antes de darse cuenta que la felicidad está en ser feliz haciendo feliz a quién tenemos a nuestro lado. ¡Anda y que les den a todos!
                                                "La suerte nunca se olvida"                                                        (Malviviendo)

11 de marzo de 2013

La triste historia de Osu


Osu siempre intentaba tener presente lo que le llevó a la Tierra. No fue su calidez. De eso ya tenía en casa. No fue el agua. Os puedo asegurar que no fue el agua. Simplemente encontró lo que buscaba y voló en su nave sin que lo viesen. Apasionado de las pasiones y enamorado de la literatura, al llegar al orbe celeste, decidió nombrarse como Osu García. A su vez, prometió buscar una compañera que se apellidase Márquez. Formarían juntos a su autor favorito.
Él, siempre hacía suya la frase de este “humano nacido en una zona llamada algo así como Colimbia” que decía que la vida no es sino una continua sucesión de oportunidades para sobrevivir.
Una fría noche le pregunté el motivo de su partida. Él, con esa pasión que mostraba a la hora de hablar, me dijo: “Cuando algo te hace feliz, no puede estar mal. ¿Verdad?”
Y es que, tenía una forma de hablar muy peculiar. No era de aquí ni de allá. Nunca sabía si dar love o amore… Es posible que eso fuese lo que le impedía situarse en un sitio. No se sentía ubicado en muchas situaciones.
Por ello, echaba las tardes frente al televisor. El sofá muy duro, como a él le gustaba. Le daba al zapping hasta que llegaba la hora de su programa favorito. Un concurso. En él, los participantes, cuando perdían, caían a un abismo. ¡Le recordaba tanto a su planeta!
Una noche, disfrutando de la lluvia sentado junto a su ventana, Osu empezó a sentir el poder del agua. Nunca había entendido el sentido que tenía para los humanos, pero comenzó a comprender que este elemento venía cargado de mucho más que hidrógeno y oxígeno. El tono rojizo de la noche y el sonido sordo de las gotas chocando sobre el asfalto le dibujaban sentimientos en la mente. En su contemplación hubiese dado lo que fuera por convertirse en miles de esferas líquidas y caer del cielo junto al agua. Esa vitalidad le embriagaba hasta el punto de rendirse a su poder, y llegó a la conclusión de que, no importa lo grande que sea el paraguas que lleves; cuándo llueve con tanta fuerza es inevitable que te mojes los pantalones.

 Ahora, Osu siente que se hace viejo y sigue buscando eso que le llevó a viajar a la Tierra. Pasa demasiado tiempo solo, le da muchas vueltas a la cabeza y echa de menos mostrarse como realmente es. De vez en cuando sale a volar y disfruta de sus cien años de soledad las luces de la ciudad. Es el momento en el que vuelve a sentirse vivo.
Está cansado de idas y venidas. De fobias y filias. Las arrugas no le cursan la frente pero cada día necesita algo más. Ha decidido dejar de actuar como si no sintiese. La sal en las heridas también le escuece y piensa disfrutar de los que pueden ser sus últimos días en la Tierra antes de volver a fugarse.
Si crees verlo por ahí, recuerda que su apariencia era la tuya. O quizás fuese la mía, no lo tengo muy claro. Quizás por ello creas no saber quién es Osu. Sin embargo, si cierras los ojos y lo piensas bien, en este mundo loco, quien no desearía tener su nave, su valor y sus ganas de volar.

"La vida misma es el viaje que menos apreciamos." 
(Anónimo)

22 de noviembre de 2012

Amor oxidado

Resultaba curioso leer la cantidad de cosas que la gente es capaz de poner en la puerta de un servicio público. Mientras me relajaba en la tranquilidad de mi silencio, me hacía gracia leer las ocurrencias de algunos “poetas de váter”. Desde el típico “Te quiero Claudia” hasta alguna semi-reflexión profunda del tipo: “Dicen que tendremos el cielo que en la Tierra nos ganemos, pero el premio siempre es triste porque tienes que morirte para que un día lo disfrutemos.”

Mientras sonreía por lo que acababa de leer, me subí los pantalones y tiré de la cadena. Salí a la zona de lavabos y froté mis manos de forma mecánica mientras me miraba en el espejo, roto y lleno de pintadas.
El reflejo me mostró un rostro cansado. El de un bicho raro al que nadie entiende y que se siente siempre fuera de lugar. Ese rostro que daba la sensación a muchos de que iba por encima de las circunstancias y, por el contrario, estaba sólo y triste.
El día de trabajo había sido duro. Los cinco minutos sentado sobre la fría taza habían sido los mejores de toda la jornada. La noche era cerrada, los coches pasaban a toda velocidad, y el sonido de las ambulancias de un hospital cercano era la mayor sensación de vida que podía sentirse en varias manzanas. Cada vez que sonaba una, me decía: “Un niño que nace”. ¿Para qué pensar algo negativo?
Como cada semana, me senté en la parada del autobús, esperando que ella viniese a recogerme. Miré el reloj y comprobé que no debía tardar mucho. A la vez que metía de nuevo la mano en el bolsillo me deslumbraron las ráfagas de su coche al acercarse.
Cuando me monté, un frío beso sirvió de saludo. Después, ella comenzó a hablar sin parar. Yo, me dediqué a escuchar sin ganas, lamentando un poco no poder interesarme. Sus frases entraban en mí como cuando la lluvia golpea las ventanas. Sólo pude pensar en el hecho de que hubo un tiempo en el que sólo con hablar conseguía que los problemas se hiciesen pequeños y las respuestas cobrasen sentido.
Sin darme cuenta, el coche se detuvo en el motel de siempre. Subí a la habitación que tanto conocía y me vi inmerso en otra sesión de sexo automático. Sabía que es lo que tenía que hacer para llegar a casa lo antes posible. Me moví de forma rutinaria y me acomodé de tal manera que no tuviese que hacer mucho esfuerzo. Incluso bostecé un par de veces sin que ella lo notara.
Al terminar, sin dejar apenas tiempo para una muestra de cariño, me levanté y me metí en el baño. Estaba cansado de que me repitiese que esto era así por mi culpa. Ya se había llevado años con la absurda idea de que viviésemos juntos y nos casásemos. Yo no tenía tiempo para tonterías de niños y matrimonios. Pasado un tiempo, y viendo que yo no avanzaba, ella se cansó de esperarme y arregló su vida. No la culpo. Sin embargo, me gusta que tenga la necesidad de verme. Aunque esto ya no sea más que un amor oxidado. Aburrido de lo físico pero demasiado ocupado como para sentir algo más.
Escuché como se cerraba la puerta de la habitación. Salí de nuevo y me asomé por la ventana. Ella volvía a casa. A su vida, a su realidad. Su marido la esperaría en casa como siempre.
Yo, bajé a recepción. El muchacho me dijo que la mujer ya había pagado. Y, como siempre, volví a casa solo. Demasiado ocupado como para intentar crear una vida de verdad. Demasiado egoísta como para amar a alguien además de a mí mismo.


"Un artista crearía cosas hermosas,
pero no pondría nada de su vida en ellas."
Oscar Wilde. (El retrato de Dorian Gray)