22 de abril de 2012

Recuerdos de una futura tarde olvidada

Y allí seguíamos. Tirados como dos adolescentes que se creen adultos, pero que se ilusionan casi con la misma facilidad del niño de la canción del barquito. La plaza semicircular tenía la perfecta pendiente para estar tumbados recibiendo los rayos del sol a la vez que mirábamos la majestuosidad de la torre. “Oh, donna mía” te dijeron mientras disfrutabas del refresco. Tú, te limitaste a sonreír con la inmensidad de tus labios y regalaste a ese pobre de amor y dinero una de las mitades de su rompecabezas.

- ¡Qué te gusta hacerte el falso poeta! – me susurras al oído – Deja de escribir y ven conmigo. Aún nos quedan muchos sitios que rememorar.
- Ahora voy. Adelántate que me quedan un par de líneas. Un cierre para la historia.

Mientras te alejas te miro, tan llana y tan atractiva como siempre. Te agachas y te desnudas los sueños mientras te atas los cordones. Siempre ha sido tu especialidad la de regalar alegría allá por donde vas. Menos mal que no sabes que de vez en cuando te robo una pizca. Enfrente de mi escritorio guardo todo lo que necesito.
Me levanto y corro a tu lado. Nos esperan unos hombres de azul remando y una foto en la plaza del famoso robo.

- ¿Será el mismo gondolín de la otra vez? – te digo a la vez que te alcanzo.
 - No te empeñes e que todo sea igual. Han pasado años. Cada cosa tiene su momento.

Saco de nuevo el blog y anoto:
“Ahora que la adolescencia nos mira con añoranza le digo que no se vaya. Que me gustaría ser de nuevo un poco más niño.”
Fdo. El del arte por el arte.

11 de abril de 2012

El rey de las cosas pequeñas

Queridos necios:
Hace un par de semanas, mi amigo Mario Romero me contó que había ido a ver un monólogo y que le había encantado. Cuando le pregunté que quién era el autor, me sorprendió escuchar el nombre de Luis Piedrahita. Y es que, durante varios años, ese “canijo de gafas y flequillo en la cara” había sido mi humorista favorito en noches de “El Club de la Comedia” o en aquellos ratos de radio con Pablo Motos en “No somos nadie”.Sin pensármelo dos veces, me dirigí al Teatro Quintero a comprar un par de entradas para la actuación de la noche siguiente. Quería volver a disfrutar del humor que apasionaba a ese niño de 15 años que yo sabía que no andaba tan lejos.
Yendo para allá, me acordaba del mítico monólogo de los juguetes playeros o de aquel otro de los frutos secos. Aunque hacía tiempo que andaba bastante desconectado de los pasos de Luis, ni su trabajo podía haber cambiado tanto, ni mi sentido humor era tan distinto al de entonces.
Al día siguiente, allí estábamos nosotros. En la fila tres del teatro. Cuando Piedrahita salió al escenario, volvió a aparecer el rey de las cosas pequeñas frente a mí. Ese humor inteligente, ingenioso y completamente blanco. Capaz de producir carcajadas a partir de los objetos más insignificantes o aparentemente menos llamativos. Fue más de hora y media en la que él solo llenó el escenario con sus palabras y sus gestos.
No sólo fue humor por diversión. Hubo momentos en los que incluso hizo pensar al público con alguna reflexión como ya había hecho en algunas actuaciones de “El hormiguero”.Al terminar, una larga y cálida ovación colmaron el trabajo de un humorista que parece no envejecer nunca.
Nosotros, volvimos a casa un poco más niños y recordando que quién nos hace reír es un cómico. Quien nos hace pensar y luego reír es un verdadero humorista.

Para acabar, aparte de los ya enlacades, tres de mis monólogos favoritos.
Un abrazo.








"Un cacahuete flotando en una piscina...
¿sigue siendo un fruto seco?"

Luis Piedrahita